Consultoría vs. Asesoría: qué son, en qué se diferencian y por qué no sustituyen a tus empleados
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Consultoría vs. Asesoría: qué son, en qué se diferencian y por qué no sustituyen a tus empleados

En el mundo de los negocios es demasiado frecuente, escuchar términos como “consultoría, asesoría y outsourcing” como si fueran lo mismo. Y, aunque están estrechamente relacionadas, no significan lo mismo, ni implican el mismo tipo de relación.

 

Comprender estas diferencias no solo evita frustraciones, malentendidos, sino que te permite aprovechar mejor el verdadero valor estratégico que ofrecen.

 

Ahora, bien entremos en materia.

 

¿Qué es una consultoría?

 

La consultoría es un servicio especializado orientado a analizar una situación, diagnosticar problemas y proponer soluciones estratégicas.

 

Un consultor:

  • Evalúa procesos, estructuras o resultados.

  • Identifica riesgos y oportunidades.

  • Diseña estrategias y planes de acción.

  • Aporta una visión externa, objetiva y experta.

  • Trabaja por proyecto o por alcance previamente definido.

 

Su función no es ejecutar tareas operativas del día a día, sino generar claridad, dirección y soluciones estructurales.

 

El consultor responde a la pregunta: “¿Qué debemos hacer y cómo podemos hacerlo mejor?”

 

¿Qué es una asesoría?

 

La asesoría implica un acompañamiento especializado más continuo, enfocado en orientar decisiones puntuales dentro de un área determinada.

 

Un Asesor:

  • Atiende consultas técnicas.

  • Emite conceptos especializados.

  • Acompaña procesos en curso.

  • Apoya la toma de decisiones estratégicas.

  • Brinda criterio experto cuando se necesita.

 

El asesor no sustituye la gestión interna, sino que la fortalece con conocimiento técnico.

Podríamos resumirlo así: “Te ayudo a decidir correctamente.”


¿Y qué ocurre cuando se contrata bajo modalidad de outsourcing?


Aquí es donde suele presentarse mayor confusión.


Contratar un consultor o asesor bajo modalidad de outsourcing no lo convierte en un empleado externo.


Outsourcing significa que se delega un servicio especializado a un tercero experto, pero:


  • No existe subordinación laboral.

  • No se integra a la estructura jerárquica interna (aunque asuma un rol de representación o de especialidad técnica)

  • No recibe órdenes operativas como un empleado.

  • No ejecuta tareas administrativas ajenas a su objeto contractual.

  • No asume funciones distintas a aquellas para las que fue contratado.


Su labor se centra estrictamente en el objeto de su contratación primaria, de acuerdo con su experticia.


Cuando se desdibuja este límite y se empieza a asignar tareas operativas o funciones distintas a su alcance, no solo se afecta la calidad del servicio, sino que se genera un riesgo jurídico y contractual.


El outsourcing es una relación entre empresas o profesionales independientes, no una relación de subordinación.


Entonces… ¿por qué no son empleados?


Porque su vínculo es contractual de tipo civil, no laboral.


Un consultor o asesor:

  • No está sujeto a horarios internos.

  • No recibe instrucciones “ordenes” jerárquicas propias de una relación laboral tradicional.

  • No ejecuta tareas rutinarias administrativas u operativas

  • Entrega resultados dentro del alcance acordado.


Cuando estos roles se confunden, las consecuencias no son menores:

  • Se diluye la responsabilidad interna y se delegan decisiones que corresponden a equipos de trabajo.

  • Se sobrecarga al consultor con tareas operativas ajenas al alcance contratado y no negociadas.

  • Se afecta la calidad del servicio, porque el profesional deja de actuar estratégicamente para convertirse en un ejecutor.

  • Se generan fricciones por expectativas no pactadas desde un inicio.

  • Incluso pueden surgir riesgos jurídicos si la relación empieza a configurarse como subordinación laboral encubierta.


Además, cuando un consultor o un asesor es tratado como empleado externo, se pierde precisamente aquello por lo cual fue contratado: su mirada objetiva, independiente y estratégica.


Un consultor o asesor que recibe órdenes operativas deja de ser estratégico y pasa a convertirse en un recurso operativo más. Y ese no es el propósito de la consultoría o de la asesoría.


En la mayoría de los casos, se trata de profesionales con amplia experiencia, formación especializada y visión integral del negocio. Han sido contratados precisamente por su capacidad de análisis, criterio técnico y enfoque estratégico.


Cuando se les asignan tareas operativas que no corresponden a su objeto contractual primario, no solo se desdibuja su rol, sino que se subutiliza su conocimiento. La empresa termina pagando por expertise de alto nivel, pero utilizándolo para funciones que no requieren ese nivel de preparación.

El resultado es doblemente negativo: se pierde valor estratégico y se genera una percepción equivocada sobre el alcance real del servicio.


La consultoría y la asesoría no están diseñadas para reemplazar funciones administrativas u operativas, sino para aportar dirección, estructura y mejora continua de nivel estratégico.

La claridad de establecer estos límites no debilita la relación; la fortalece. Porque permite que cada parte asuma su rol con responsabilidad y enfoque en resultados.


¿Por qué es importante contar con estos servicios?


Las empresas recurren a consultores y asesores cuando:


  • Necesitan conocimiento altamente especializado que no se encuentra en el interior de la empresa o el existente no alcanza a cubrir la experiencia que se requiere.

  • Buscan objetividad, imparcialidad y criterio estratégico más allá de lo técnico.

  • Requieren optimizar procesos.

  • Enfrentan cambios o crecimiento organizacional.

  • Desean reducir riesgos en la toma de decisiones.

  • Desean reducir costos operacionales asociados a nóminas.


La gran ventaja es acceder a experiencia de alto nivel sin asumir cargas estructurales permanentes.

Pero para que el servicio funcione, es fundamental entender su naturaleza: no es una extensión operativa del equipo, es una alianza estratégica recurrente.


Conclusión


La consultoría y la asesoría —incluso cuando se prestan bajo modalidad de outsourcing— no sustituyen a tu equipo de empleados. No nacen para ampliar la nómina ni para cubrir funciones operativas.


Su propósito es complementar, fortalecer y elevar las capacidades internas estratégicas de la empresa.


No se trata de delegar órdenes. Se trata de contratar conocimiento especializado, experiencia acumulada y criterio profesional independiente. Donde la relación debe ser clara. Parte de esa claridad en el manejo de la relación empieza por el lenguaje.


En este tipo de relación conviene evitar expresiones como:


  • “Eso lo tiene o "debe" que hacer usted.”

  • “Yo soy quien da las órdenes.”

  • “No viniste.”

  • “Necesito que me hagas esta tarea.”

  • “Asuma esta función adicional.”


Estas expresiones corresponden a una dinámica laboral interna, no a una relación de prestación de servicios profesionales.


En su lugar, es más adecuado hablar de:


  • Entregables

  • Objetivos

  • Responsabilidades definidas

  • Coordinación técnica


Cuando cada parte entiende su rol y respeta los límites del servicio contratado, se protege el valor del conocimiento especializado y se maximiza el impacto estratégico.


Porque la consultoría o la asesoría no se basa en la obediencia. sino en criterio. No se sustenta en órdenes, sino en experticia.


Cuando esta diferencia se entiende, la relación cambia por completo. Deja de ser una dinámica de subordinación poco funcional y se convierte en una alianza estratégica recurrente basada en:}


  • Autonomía técnica

  • Responsabilidad clara acotada

  • Alcance definido

  • Y enfoque en resultados


Una empresa no contrata consultores o asesores para que ejecuten tareas. Los contrata para que aporten dirección estratégica, estructura, metodología y optimización.


Porque al final, el verdadero valor de la consultoría o de la asesoría no está en “hacer por la empresa”, sino en ayudarle a hacer mejor, con mayor claridad y menor riesgo.

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